La libreta negra
Pedro fue – entre otras cosas – un gran lector. Leía todo lo que llegaba a sus manos, y se hacía de todo lo posible para leer. Enciclopedias enteras. Sabía muchísimo y cuando algo no sabía, se documentaba, lo averiguaba, se aseguraba de responder (especialmente a una de sus nietas que salió muy preguntona). Huérfano de madre en su niñez, viajó muy joven a la Ciudad de México, donde vivía su media hermana Concha, que lo crio. Tuvo una vida ruda, pero salió adelante, como decía mi abuela. Seguramente tuvo muchas vivencias de las que prefería no hablar, pero estoy segura de que aprendió –y nos enseñó – que la vida se disfruta viajando, comiendo y bailando; y que se pueden ver cien mil veces los treinta episodios de Don Gato y su pandilla y reír a carcajadas como si fuera la primera vez.
Cuando cumplió 80 años, en 2011, pensé regalarle algún libro. ¿Qué podía regalarle al abuelo que no hubiera leído ya? Años antes le había regalado – por ejemplo – la recopilación en diez tomos de la tira cómica «La familia Burrón». Así que le regalé una libreta de forro negro con la petición de que esta vez en lugar de leer, me escribiera: «frases cortas o largas, historias nuevas o viejas».
Durante años tuve la expectativa de encontrar en esa libreta negra una gran historia, cuando esta finalmente regresara a mis manos. ¡Tendría la primicia de la historia del abuelo escrita de su puño y letra, para mí y toda la familia!
Qué ilusa.
En 2016, después de su funeral, busqué la libreta en sus cajones. Dentro encontré la tarjeta de cumpleaños que le escribí cuando se la regalé, dos fotografías de su niñez y dos páginas escritas. Dos páginas en las que se disculpa por no escribir: «Tener que escribir mis recuerdos sería tanto como relatar mi nostalgia por el pasado. (…) No me sale el relato de mis recuerdos (…) sería imperdonable que se me olvidare algo».
Debí ser más lista y escribir yo misma su historia, preguntándole lo que nadie se atrevía a preguntar. Yo, la preguntona. Aunque quizá solo me hubiera hecho un cariño y me habría dicho «¡Ay, Sylvia…! Mira, mejor no indagues».
